DE LAS CUENTAS DE LA LECHERA Y OTRAS ARQUITECTURAS METAFÍSICAS
En el año de gracia de 2023, el actual alcalde, don Bruno García, alcanzó la vara de mando con un programa que, en materia de ladrillo, rozaba el realismo mágico. Se habló de 3.522 viviendas, una cifra que en una ciudad cercada por el mar tiene algo de milagro bíblico. Sin embargo, la letra pequeña —esa gran enemiga de la euforia mitinera— revelaba que tal número no era un plan de ejecución inmediata, sino el "potencial urbanístico" a largo plazo. Es decir, una posibilidad teórica, como quien dice que en un solar vacío cabe el Museo del Louvre si uno se pone a ello con empeño.
La realidad, siempre más terca y menos dada a la hipérbole, nos ofrece un inventario mucho más modesto. Evaluar una gestión por lo que podría ser en el siglo que viene es un ejercicio de melancolía; lo que la ciudadanía demanda es el sonido del metal chocando contra la cerradura. Y ahí, las matemáticas no engañan.
LA CEREMONIA DE LA LLAVE Y EL DESIERTO DE LAS LISTAS
Desde que el nuevo equipo de gobierno tomó posesión, el balance de "llaves en mano" se asemeja más a un goteo que a una inundación. Se han entregado promociones como la de Santiago 11 o García de Sola, proyectos que, para honor de la verdad y desgracia del personalismo, venían ya cocinados, licitados o iniciados por las corporaciones anteriores. Hablamos de una cifra que oscila entre las 37 y las 50 llaves entregadas.
Frente a este modesto puñado de realidades, la lista de espera de la empresa municipal Procasa luce unos 6.400 nombres. Es un desfase que invitaría a la reflexión si no fuera porque la política actual prefiere el PowerPoint a la autocrítica. Además, gran parte de estas viviendas no reducen la lista de demandantes, sino que se destinan a realojos: un juego de las sillas donde las familias se mueven de un barrio que se cae a uno que se levanta, pero donde el número neto de personas con techo propio permanece inalterable. Cádiz tiene unas 56.500 viviendas; solo el 5% están vacías. El problema no es la ausencia de paredes, sino el uso festivo que se les da.
EL 4% O LA ESTADÍSTICA DEL POLLO COMPARTIDO
Entramos en el farragoso terreno de los Pisos Turísticos (VUT). El Ayuntamiento presume de una bajada en el registro, pero cualquier observadora u observador atento sabrá que la mayoría de esas "bajas" no son pisos que vuelven al alquiler residencial, sino una limpieza administrativa de expedientes que nunca debieron existir.
La administración local se aferra a un tope del 4% de media para toda la ciudad, una cifra que suena razonable hasta que uno pone un pie en el casco histórico. La estadística es ese arte de afirmar que, si mi vecina se come dos pollos y yo ninguno, ambos hemos comido uno. En La Caleta, el 15% de las fincas son hoteles encubiertos; en el Pópulo o la Viña, la presión es asfixiante. Mientras tanto, en los barrios de extramuros, la cifra es casi inexistente. Promediar el drama del centro con la calma de la periferia no es gestionar, es maquillar.
EL CORREO DE LAS DESDICHAS: UN INSPECTOR CONTRA EL MUNDO
Para velar por el cumplimiento de la norma, el Ayuntamiento ha optado por una solución digna de una novela de espionaje de serie B: un buzón de denuncias. Se invita al vecindario a ejercer de confidente, a vigilar el trasiego de maletas en el rellano y a enviar un correo electrónico. Es la institucionalización de la desconfianza.
Con un solo inspector para toda la ciudad, el sistema es, como poco, cándido. Resulta sorprendente que en la era del *Big Data*, el Consistorio no cruce los datos de Aguas de Cádiz, el padrón y los portales de reservas. Quien consume agua de forma intermitente, no tiene a nadie empadronado y anuncia su salón en internet, tiene todas las papeletas para ser una vivienda turística. Pedirle a la persona jubilada del tercero que haga de detective privado es, además de una dejación de funciones, una falta de respeto a la convivencia vecinal.
EL EXILIO DULCE Y LA DICTADURA DE LA TEMPORADA
El mercado del alquiler para vivir se ha vuelto una quimera. Cádiz es hoy la tercera capital de España con más anuncios de "alquiler de temporada". Esto no es otra cosa que el truco legal para evitar la estabilidad del contrato de cinco años. Se alquila de septiembre a junio a estudiantes o docentes, y se reserva el verano para la cosecha del turista. El resultado es que más de la mitad de la oferta inmobiliaria de la ciudad no es para habitarla de forma permanente.
En el Mentidero, un habitáculo de 38 metros cuadrados se cotiza a precio de palacete. Las inmobiliarias manejan listas de cincuenta personas para un solo piso, una suerte de casting de supervivencia donde siempre gana quien tiene la nómina más abultada. Ante esta situación, el personal joven y las familias trabajadoras se ven empujadas al exilio en Puerto Real, Chiclana o San Fernando, convirtiendo a Cádiz en un parque temático de luz y salitre, pero sin alma residente.
HACIA UNA POLÍTICA DE LA REALIDAD
Si el Ayuntamiento desea pasar de la retórica a la gestión, el camino es tan claro como difícil. Debe abandonar las promesas de millares y centrarse en los cientos de viviendas posibles, priorizando el alquiler asequible sobre la venta. Debe dejar de mirar el mapa de la ciudad como un todo y empezar a legislar barrio a barrio, calle a calle, allí donde el turismo ya no es una ayuda económica sino una especie invasora.
Es hora de que la inspección de oficio sustituya al chivatazo ciudadano y de que se incentive de verdad a quien pone su casa a disposición de la comunidad. De lo contrario, Cádiz seguirá siendo esa hermosa tacita de plata que todo el mundo quiere mirar, pero donde cada vez menos personas pueden permitirse el lujo de tomar un café por las mañanas.
Cádiz corre el riesgo de ser un hermoso decorado vacío donde nadie tiene llaves.

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